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Los expertos han constatado que sonreír con frecuencia nos hace objetivamente más felices y activa regiones cerebrales relacionadas con los afectos positivos y las recompensas, como el lóbulo temporal del hemisferio izquierdo.

Por añadidura, una prueba realizada con 167 estudiantes de la Universidad de Kansas demostró que cuando practicaban una sonrisa sincera  y, a la vez, llevaban a cabo alguna actividad estresante, como meter las manos en agua muy fría, registraban una actividad cardiaca más lenta.

Por si cabía alguna duda, los psicólogos estadounidenses LeeAnne Harker y Dacher Keltner se las ingeniaron para rastrear los efectos a largo plazo de las actitudes risueñas ante la vida.

Su idea fue espectacular: analizar las fotos de mujeres en el anuario de su universidad, cuando tenían veintiún años, y compararlas con otras realizadas a lo largo de las siguientes tres décadas. Así pudieron cotejar el grado de sonrisas francas con los rasgos reales de personalidad en las retratadas.

Conclusión: quienes parecían mostrarse más contentas cuando posaban lo estaban de verdad, pues generalmente puntuaban alto en bienestar psíquico y satisfacción marital.

En 2009, una investigación complementaria constató que al contrario también había una clara correspondencia: a más gestos hoscos durante la juventud, más divorcios en la edad madura.